
Los días nublados suelen ser tan meditabundos. Mientras las gotas de lluvia tenue resbalan por el cristal de mi ventana, siento la necesidad de recapitular vivencias acumuladas.
Recuerdo los días en que esperaba ansiosamente la feria de la cuadra, deseaba caminar entre los juegos, ver los miles de colores, aromas y bullicio que me encontraba de golpe. Por ello esperaba a que papá llegara de la oficina para salir corriendo rumbo a la feria. Siempre y cuando no estuviera lloviendo, de lo contrario mi madre (en ese momento una enemiga de la diversión) se negaba a que mi hermana y yo partiéramos con destino a una noche llena de juegos de canicas, juguetes feria y buñuelos, pues el costo de hacerlo era emulsión de Scott, penicilina en el trasero y unos buenos días con ataques de asma.
En ese entonces mi padre fungía de héroe o villano dependiendo si después de su larga jornada laboral llegaba a casa temprano y los dioses confabulaban para detener la lluvia y así poder ir a la feria. O la otra cara de la moneda cuando llegaba pasadas las diez de la noche oliendo a oficina y smog pronunciaba las palabras "te prometo que vamos mañana" así la ilusión terminaba en pedacitos junto al bote de la basura.
Esas situaciones sin duda nos van preparando para enfrentar las gélidas caricias que nos da la vida cuando salimos del hogar.
Solo con el tiempo nos percatamos que esos ogros y villanos ahora se convirtieron en nuestros mejores escuderos y que sin ellos difícilmente hubiéramos logrado esas victorias que creíamos imposibles.
Por eso hoy que me encuentro meditabundo solo me resta decir que aunque me siento golpeado y adolorido se que cuento con dos enormes escuderos que me suben al caballo y me impulsan a seguir ganando batallas.
"Un guerrero de la luz nunca olvida la gratitud. Durante la lucha, fue ayudado por los ángeles; las fuerzas celestiales colocaron cada cosa en su lugar, y permitieron que él pudiera dar lo mejor de sí.
Por eso, cuando el sol se pone, se arrodilla y agradece el Manto Protector que lo rodea. Su gratitud, no obstante, no se limita al mundo espiritual; él jamás olvida a sus escuderos, porque la sangre de ellos se mezcló con la suya en el campo de batalla.
Un guerrero no necesita que nadie le recuerde la ayuda de los otros, él se acuerda solo, y reparte con ellos la recompensa.".
Recuerdo los días en que esperaba ansiosamente la feria de la cuadra, deseaba caminar entre los juegos, ver los miles de colores, aromas y bullicio que me encontraba de golpe. Por ello esperaba a que papá llegara de la oficina para salir corriendo rumbo a la feria. Siempre y cuando no estuviera lloviendo, de lo contrario mi madre (en ese momento una enemiga de la diversión) se negaba a que mi hermana y yo partiéramos con destino a una noche llena de juegos de canicas, juguetes feria y buñuelos, pues el costo de hacerlo era emulsión de Scott, penicilina en el trasero y unos buenos días con ataques de asma.
En ese entonces mi padre fungía de héroe o villano dependiendo si después de su larga jornada laboral llegaba a casa temprano y los dioses confabulaban para detener la lluvia y así poder ir a la feria. O la otra cara de la moneda cuando llegaba pasadas las diez de la noche oliendo a oficina y smog pronunciaba las palabras "te prometo que vamos mañana" así la ilusión terminaba en pedacitos junto al bote de la basura.
Esas situaciones sin duda nos van preparando para enfrentar las gélidas caricias que nos da la vida cuando salimos del hogar.
Solo con el tiempo nos percatamos que esos ogros y villanos ahora se convirtieron en nuestros mejores escuderos y que sin ellos difícilmente hubiéramos logrado esas victorias que creíamos imposibles.
Por eso hoy que me encuentro meditabundo solo me resta decir que aunque me siento golpeado y adolorido se que cuento con dos enormes escuderos que me suben al caballo y me impulsan a seguir ganando batallas.
"Un guerrero de la luz nunca olvida la gratitud. Durante la lucha, fue ayudado por los ángeles; las fuerzas celestiales colocaron cada cosa en su lugar, y permitieron que él pudiera dar lo mejor de sí.
Por eso, cuando el sol se pone, se arrodilla y agradece el Manto Protector que lo rodea. Su gratitud, no obstante, no se limita al mundo espiritual; él jamás olvida a sus escuderos, porque la sangre de ellos se mezcló con la suya en el campo de batalla.
Un guerrero no necesita que nadie le recuerde la ayuda de los otros, él se acuerda solo, y reparte con ellos la recompensa.".
ya, ya, andas muy emo estos días!
ResponderEliminar¿qué pasó con el post sobre "las tradiciones mexicanas y el chico de los merengues"? ¡Lo prometiste!....y ya, no seas emo!