Algarabía

La mejor noticia que se puede recibir es cuando vives, saboreas y disfrutas el triunfo de la gente que quieres. Sin duda anoche fue una de esas ocasiones en donde todo pintaba a victoria, solo faltaba la confirmación.

"Saluda a la nueva diseñadora de Algarabía" decía el mensaje de texto, la alegría y el sabor de la victoria conquistada no se hizo esperar.

Yo sabía que era cuestión de tiempo para lograr el objetivo tan anhelado, el viaje a Ítaca comienza a tomar rumbo, a la pelea contra los lestrigones llegaron refuerzos.

Si bien la tormenta sigue azotando el barco, tengo un marino más abordo.

Felicidades bodoque. Que vengan más pruebas, el dúo dinámico está listo para afrontarlas.


El éxito no es definitivo, el fracaso no es fatídico. Lo que cuenta es el valor para continuar.
William Churcill.

Septiembre 15


Los días nublados suelen ser tan meditabundos. Mientras las gotas de lluvia tenue resbalan por el cristal de mi ventana, siento la necesidad de recapitular vivencias acumuladas.

Recuerdo los días en que esperaba ansiosamente la feria de la cuadra, deseaba caminar entre los juegos, ver los miles de colores, aromas y bullicio que me encontraba de golpe. Por ello esperaba a que papá llegara de la oficina para salir corriendo rumbo a la feria. Siempre y cuando no estuviera lloviendo, de lo contrario mi madre (en ese momento una enemiga de la diversión) se negaba a que mi hermana y yo partiéramos con destino a una noche llena de juegos de canicas, juguetes feria y buñuelos, pues el costo de hacerlo era emulsión de Scott, penicilina en el trasero y unos buenos días con ataques de asma.

En ese entonces mi padre fungía de héroe o villano dependiendo si después de su larga jornada laboral llegaba a casa temprano y los dioses confabulaban para detener la lluvia y así poder ir a la feria. O la otra cara de la moneda cuando llegaba pasadas las diez de la noche oliendo a oficina y smog pronunciaba las palabras "te prometo que vamos mañana" así la ilusión terminaba en pedacitos junto al bote de la basura.

Esas situaciones sin duda nos van preparando para enfrentar las gélidas caricias que nos da la vida cuando salimos del hogar.

Solo con el tiempo nos percatamos que esos ogros y villanos ahora se convirtieron en nuestros mejores escuderos y que sin ellos difícilmente hubiéramos logrado esas victorias que creíamos imposibles.

Por eso hoy que me encuentro meditabundo solo me resta decir que aunque me siento golpeado y adolorido se que cuento con dos enormes escuderos que me suben al caballo y me impulsan a seguir ganando batallas.

"Un guerrero de la luz nunca olvida la gratitud. Durante la lucha, fue ayudado por los ángeles; las fuerzas celestiales colocaron cada cosa en su lugar, y permitieron que él pudiera dar lo mejor de sí.
Por eso, cuando el sol se pone, se arrodilla y agradece el Manto Protector que lo rodea. Su gratitud, no obstante, no se limita al mundo espiritual; él jamás olvida a sus escuderos, porque la sangre de ellos se mezcló con la suya en el campo de batalla.
Un guerrero no necesita que nadie le recuerde la ayuda de los otros, él se acuerda solo, y reparte con ellos la recompensa.".

De nuevo entre metaforas


Un guerrero de la luz sabe que ciertos momentos se repiten.
Con frecuencia se ve ante los mismos problemas y situaciones que ya habia afrontado; entonces se deprime, pensando que es incapaz de progresar en la vida, ya que en los momentos dificiles reaparecen.
“¡Ya pasé por esto!”, se queja él a su corazón.
“Realmente tu ya lo pasaste — responde el corazón –, pero nunca lo superaste.”
El guerrero entonces comprende que las experencias repetidas tienen una única finalidad: enseñarle lo que no quiere aprender.

Después de la tormenta ¿Viene la calma?


Es la pregunta que me asalta desde la semana pasada, quizá por que siento que estoy perdiendo una batalla y que la apatía al fin me invadió.

Hoy siento que mi barco en vez de sortear la dura y siniestra tormenta cada día se adentra más en la oscuridad amenazadora y veo más lejos la hora de llegar a la calma.
He pensado en que quizá Poseidón quiera que sacrifique a uno de mis pasajeros para calmar las aguas o que pierda una batalla con los lestrigones que me persiguen y entonces se abra el camino para llegar a Ítaca.

Sin embargo estoy convencido que tarde o temprano deberé tomar una decisión para poder salir adelante.
Tengo miedo de adentrarme más en la tormenta y nunca encontrar la calma.
Solo espero que la brújula que tengo a bordo, después de que la semana pasada fue arreglada, no haya perdido el norte y me guie para encontrar la calma.