
“Al sonar las tres de la mañana los muñecos salen a bailar, la casa está dormida nadie los vera y salen de sus cajas dispuestos a jugar […]”
Ayer en mi casa tuve la mejor fiesta y los mejores invitados, Che Araña llego puntual a bailar su tango, minutos después llegó Papá Elefante, en los aparatos de rehabilitación de mi papá Winnie Pooh hacia su rutina de gimnasia, Doña Florinda, El profesor Jirafales y el Chavo me contaron lo bonita que era su vecindad.
En la cocina las vocales comenzaron a marchar, Parchis nos llevo a la armada, me acorde de lo que era viajar al bosque de la china, Kikin aprendió cómo funcionaban los discos de vinil, mientras que en la sala Brisa escuchó lo que Heidi le contó cuando vivió con el abuelo en las montañas. Mi mamá al escuchar el alboroto preguntaba quién era el que anda ahí y un grillo le contesto que era Cri-Cri.
Y es que recordar esa época de la infancia fue transportarse al mundo en donde todo está intacto, donde no existen las fallas, donde los olores, los colores y los sonidos aparecen como si hubiera sido hace unos minutos el paso por ahí.
El caminito de la escuela, los bailes de Enrique y Ana, los cuentos de Walt Disney y tantos recuerdos que estaban alojados en un círculo negro de vinil en la sala de mi casa hicieron el honor de estar en la fiesta, justo en el momento preciso y con el recuerdo que requería.
20 años después, me sorprendo de lo que una tonada me puede recordar, es ahí donde solo resta decir; gracias Cri-Cri, salúdame a todos los amigos que me presentaste, diles que aun los recuerdo con cariño, gracias Enrique y Ana por enseñarme a bailar la Yenka y saber lo que es un “alibombo”, Chavo prometo comerme mis tortas de jamón, Parchis gracias por formar parte de mi marcha en el kinder, finalmente a Heidi por enseñarme los alpes y presentarme a Pedro.
¿Dígame quién no recuerda esos bellos tiempos?
Así que antes de que el sentimiento haga que el ojo Remy estalle, mejor “churin churin chunflais”