
Tienes cabeza de teflón, no se te pega nada. Era una típica expresión que mi mamá solía decirme después que la hartara tratando de aprenderme la tabla del nueve. Eso fue hace ya algunos ayeres, pero no creí que el teflón también invadiera otra parte de mi cuerpo.
Esto lo digo, porque Alberto Montt, plasmó gráficamente lo que ha sido un buen tramo de mi vida, sé que el común denominador en mis relaciones sentimentales soy yo, por lo tanto el que está mal es uno y no los demás.
Poéticamente, diría Don Mario Benedetti en uno de sus grande poemas, "[...] la culpa es de uno cuando no enamora, y no de los pretextos ni del tiempo".
Y sin duda, tiene razón. Algo ha pasado con el órgano encargado de bombear la sangre a todo mi cuerpo, algo en él está mal. A ciencia cierta, no puedo decir que es, sólo que tiene un teflón de primera calidad y hace que no se pegue nada.
Quizá para solucionarlo debería ir a la fábrica y hacer valida la garantía, pero hace mucho tiempo la empeñe por valentía para librar las batallas del día a día desde hace 14 años y hoy, debo aceptar que lo mio, lo mio será hacer hotcakes aprovechando el teflón que tengo.